
En
los primeros años del Renacimiento aparecieron textos que estaban dirigidos
para que los príncipes sepan gobernar "bien". Se le conoce como
"espejos de príncipes" al conjunto de escritos que tuvieron la misma
finalidad. De todos ellos, sobresale indudablemente "El Príncipe" de
Nicolás Maquiavelo. Obra que causó una verdadera revolución en la filosofía
política de su tiempo y que tiene vigencia hasta la actualidad. Coetáneo al
anterior texto, se encuentra: "La educación del príncipe cristiano"
de Erasmo de Rotterdam. Texto poco conocido pero de suma importancia porque
coronó a su autor con el apelativo de el príncipe de los humanistas. Ambos
opúsculos nos hablan de cómo debería ser un "buen" gobernante (si lo
desea ser). La diferencia radical entre estos dos textos está en los fines a
perseguir y los medios a utilizarse. Cuando se trata de ser el “mejor”, ¿vale
seguir el realismo de Maquiavelo o el idealismo de Rotterdam? Esta disyuntiva
generó un problema que sigue hasta nuestros días.
En un mundo tan pragmático como el nuestro, las ideas del viejo secretario son reafirmadas una y otra vez. Incluso sus consejos son traspasados a todas las esferas de la actividad humana. Así pues, tenemos obras como Maquiavelo para los negocios, Maquiavelo para la administración, el liderazgo, las empresas e incluso Maquiavelo para narcos. Todos ellos son manuales contemporáneos que utilizan la máxima "el fin justifica los medios" para proponer cómo triunfar en dichos campos. También existen miles de manuales o consejos para que puedas triunfar en el campo que prefieras. Un ejemplo sencillo son los famosos Dummies, libros para el aprendiz en cualquier área, actividad o profesión humana que, a diferencia de los espejos de príncipes del Renacimiento, no demuestran una base teórica que los respalde con el tiempo ni son el resultado de un movimiento cultural ni paradigma contemporáneo. Sólo son un conjunto de saberes prácticos que permiten iniciarte en algún tema y realizarlo sin fallar en el intento. Hay, por el contrario, otros libros que hablan en forma muy teórica sobre una profesión y terminan sin dar consejos prácticos. La intención de escribir un espejo de príncipe para una profesión determinada parece haberse extinguido, debido a que quizá sea una inversión inútil o ya repetida. Sin embargo, un intento de aplicarlos a otros campos humanos resultaría interesante. Por ello, considero que es plausible el intento de extrapolar las ideas y principios maquiavélicos a una esfera de la realidad distinta a la política como lo han hechos varios autores; aunque (advierto) la aplicación a la realidad de dichos consejos y la responsabilidad de sus consecuencias, dependerá del hombre que las ejecute.
Hoy no existe una adaptación de los principios de Maquiavelo aplicados al campo educativo. Esta ausencia de escritos sobre cómo ser un buen profesor según las directrices del Príncipe es obvia. Para la educación los medios no siempre justifican los fines porque el fin último de la educación es el desarrollo integral de la persona misma. Pero, a manera de ejercicio creativo delirante, se puede hacer una analogía que estoy seguro se me criticará por lo sencilla: ¿no son los docentes pequeños príncipes que reinan pequeños territorios llamados aulas? ¿No es deber de los profesores, elegidos como autoridad, buscar el bienestar común en el gobierno de su docencia? ¿Acaso no es una sesión pedagógica una forma de gobierno? Si aceptamos que el maestro puede ser considerado un príncipe que busca la felicidad de cada uno de sus pobladores, es decir, la educación integral de sus estudiantes, entonces: ¿no debería existir un espejo de príncipe para que los maestros sepan cómo ser “buenos maestros”? A partir de esta reflexión nace la necesidad de preguntarnos: ¿Cómo ser un "buen" príncipe (profesor) en la educación? Allí está la razón del título de este blog. El nombre de este blog ha nacido en honor al libro “El Príncipe” de Maquiavelo. Y pretende, así como los espejos de príncipes que intentaron formar al “buen” gobernante, reflexionar sobre cómo debería ser y actuar el “buen” maestro.
En un mundo tan pragmático como el nuestro, las ideas del viejo secretario son reafirmadas una y otra vez. Incluso sus consejos son traspasados a todas las esferas de la actividad humana. Así pues, tenemos obras como Maquiavelo para los negocios, Maquiavelo para la administración, el liderazgo, las empresas e incluso Maquiavelo para narcos. Todos ellos son manuales contemporáneos que utilizan la máxima "el fin justifica los medios" para proponer cómo triunfar en dichos campos. También existen miles de manuales o consejos para que puedas triunfar en el campo que prefieras. Un ejemplo sencillo son los famosos Dummies, libros para el aprendiz en cualquier área, actividad o profesión humana que, a diferencia de los espejos de príncipes del Renacimiento, no demuestran una base teórica que los respalde con el tiempo ni son el resultado de un movimiento cultural ni paradigma contemporáneo. Sólo son un conjunto de saberes prácticos que permiten iniciarte en algún tema y realizarlo sin fallar en el intento. Hay, por el contrario, otros libros que hablan en forma muy teórica sobre una profesión y terminan sin dar consejos prácticos. La intención de escribir un espejo de príncipe para una profesión determinada parece haberse extinguido, debido a que quizá sea una inversión inútil o ya repetida. Sin embargo, un intento de aplicarlos a otros campos humanos resultaría interesante. Por ello, considero que es plausible el intento de extrapolar las ideas y principios maquiavélicos a una esfera de la realidad distinta a la política como lo han hechos varios autores; aunque (advierto) la aplicación a la realidad de dichos consejos y la responsabilidad de sus consecuencias, dependerá del hombre que las ejecute.
Hoy no existe una adaptación de los principios de Maquiavelo aplicados al campo educativo. Esta ausencia de escritos sobre cómo ser un buen profesor según las directrices del Príncipe es obvia. Para la educación los medios no siempre justifican los fines porque el fin último de la educación es el desarrollo integral de la persona misma. Pero, a manera de ejercicio creativo delirante, se puede hacer una analogía que estoy seguro se me criticará por lo sencilla: ¿no son los docentes pequeños príncipes que reinan pequeños territorios llamados aulas? ¿No es deber de los profesores, elegidos como autoridad, buscar el bienestar común en el gobierno de su docencia? ¿Acaso no es una sesión pedagógica una forma de gobierno? Si aceptamos que el maestro puede ser considerado un príncipe que busca la felicidad de cada uno de sus pobladores, es decir, la educación integral de sus estudiantes, entonces: ¿no debería existir un espejo de príncipe para que los maestros sepan cómo ser “buenos maestros”? A partir de esta reflexión nace la necesidad de preguntarnos: ¿Cómo ser un "buen" príncipe (profesor) en la educación? Allí está la razón del título de este blog. El nombre de este blog ha nacido en honor al libro “El Príncipe” de Maquiavelo. Y pretende, así como los espejos de príncipes que intentaron formar al “buen” gobernante, reflexionar sobre cómo debería ser y actuar el “buen” maestro.
"No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes, pero es indispensable que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil." (Maquiavelo)
ResponderEliminarEl término virtud en Maquiavelo hace referencia a las capacidades que debe tener un príncipe. La Virtud vence a la Fortuna, dirá más adelante. El texto que acompaña el título del blog no funcionaría si no existiera un listado de virtudes que debe tener un príncipe. En nuestro caso, no podríamos ser ni aparentar ser un buen maestro si no tenemos primero el listado de las virtudes o capacidades que hacen a un buen maestro. Es necesario, saber cómo debe ser "el Príncipe de la educación" para serlo o aparentarlo. Y en eso consiste este blog.