Era jueves, faltaba un día para salir de vacaciones. Los alumnos siempre se van dos semanas de vacaciones entre el fin del II bimestre e inicios del III bimestre. Esa mañana del 19 de julio, Alonso alzó la mano, pidió la palabra y me sorprendió al finalizar la tutoría diaria.La tutoría, en los colegios donde he trabajado, siempre se hace al iniciar el día. El profesor abre las puertas de la sección y les da la bienvenida a cada uno de los estudiantes mientras van llegando. Así, con un saludo cordial y sincero, se inicia la mañana antes de empezar las clases. Lo valioso de esta rutina es que siempre hay momento para contar nuestras experiencias vividas. Cada estudiante viene con un sinfín de historias que contar. Algunas veces aprovecho para hablar sobre temas pendientes, específicos y muy personales con ciertos estudiantes. En otras ocasiones son ellos los que ponen el tema en la mesa, y cuando lo hacen, logro mantenerme vigente con la moda adolescente de cada generación. Recuerdo varias veces haber hablado con ellos sobre música, ropa, bailes, deportes, películas, jergas, dibujos e innumerables temas de interés, como por ejemplo las figuritas que nos faltaban del álbum Panini. Sí. Yo cambiaba mis figuritas con mis alumnos antes de empezar las clases en los tiempos en que la fiebre mundialista era altísima. Me sorprende todos los temas que pueden salir en 15 minutos de una grata conversación con adolescentes.
Pero todo acaba cuando el reloj marca el inicio de clases. Como tutor debo cumplir ciertos deberes en las mañanas. Dejar a los estudiantes sentados y listos para recibir al profesor de la primera hora es una de ellas. Pero también se reza, se revisa la agenda, se supervisa el uniforme, se dan las indicaciones del día, se habla sobre los problemas grupales, se enfatiza en la práctica de valores, se toca un tema de interés público, se coordinan actividades pendientes, y muchos otros deberes más que sólo un buen tutor sabe apreciar porque sabe que no es fácil cumplirlos a cabalidad con tan poco tiempo. El objetivo de este momento es darles una bienvenida cordial pero firme, acogerlos con cariño y disciplina.
Entonces, ese día, cuando ya me estaba retirando del salón, Alonso, apoyado por el silencio de sus compañeros, alzó la mano y dijo: "profesor, quiero decirle algo antes de que se vaya".
- Sí, dime. ¿Qué pasó?- le pregunté.
- Sí, dime. ¿Qué pasó?- le pregunté.
Ese jueves era la última vez del bimestre que tenía una tutoría con todos mis alumnos juntos. Al día siguiente hubo actuación por Fiestas Patrias y yo sabía que no iban a estar todos porque algunos estudiantes iban a llegar, me iban a saludar y se iban a ir corriendo a prepararse para sus talleres de danza, teatro, conjunto folclórico, guitarra, banda o canto. Y así fue. Siempre es sorprendente verlos hacer gala de sus artes. Lucía, Nicolás, Abril, y muchos más se lucieron ese viernes. Pero ninguno como Juan Diego, alias Lemo (no sé hasta ahora el porqué le dicen así. Es un secreto entre ellos). Ver a Lemo, el más pequeños de toda secundaria, bailar tres danzas distintas era un deleite gratificante. Y coronó su participación cuando se subió a la pirámide humana que hicieron los danzantes de tijeras, puso sus pies firmes sobre las espaldas de sus compañeros y desde lo alto de esa pirámide, sacó una bandera del Perú y la mostró a todos con mucha gallardía. Juan Diego, el bailarín, nos dejó una postal inolvidable esa mañana.
- Ayer nos llevaron a la sala de cómputo, otra vez- me respondió Alonso.
- ¿Otra vez? - pensé en silencio.
Ya habían ido a completar su autoevaluación de conducta bimestral. Yo mismo los había llevado. La gran mayoría de mis alumnos este año, tienen altas calificaciones en comportamiento. Se lo merecen. Todos los días nos demuestran que tienen una educación familiar llena de valores. Por esa razón, ese mismo jueves en la mañana de tutoría después de rezar, hablamos sobre el esfuerzo que le habían puesto a su rendimiento en el bimestre y sobre sus merecidas vacaciones. "Las vacaciones es el momento para recargar energías", les dije.
Ya habían ido a completar su autoevaluación de conducta bimestral. Yo mismo los había llevado. La gran mayoría de mis alumnos este año, tienen altas calificaciones en comportamiento. Se lo merecen. Todos los días nos demuestran que tienen una educación familiar llena de valores. Por esa razón, ese mismo jueves en la mañana de tutoría después de rezar, hablamos sobre el esfuerzo que le habían puesto a su rendimiento en el bimestre y sobre sus merecidas vacaciones. "Las vacaciones es el momento para recargar energías", les dije.
- Ustedes se han esforzado mucho y quizá estén muy cansados. Recuerden que un celular cuando esta agotado necesita cargar su batería para poder funcionar plenamente, así nosotros también necesitamos recargarnos para poder empezar muy bien el próximo bimestre. ¿Cómo piensan recargarse? - les pregunté a todos.
- Jugando play station todos los días- gritaron Bruno y Piero.
- Durmiendo todo el día- contestaron Daniela y Valentina.
- Viajando- me dijeron Ariana y Ana Lucía.
- Planifiquen bien sus vacaciones. Hagan algo distinto o hagan algo que no pudieron hacer- les pedí.
- Voy a aprender a cocinar- prometió Veruska.
- Voy a aprender a cocinar- prometió Veruska.
- Vamos a reunirnos en mi casa- exclamó Stefano señalando a sus mejores amigos.
- Yo voy a leer y ver puro Netflix - dijo Camila.
- Voy a cambiar los muebles de mi habitación- aseguró Francesca.
- Utilicen bien su tiempo para recargar sus energías- volví a aconsejarles.
A los alumnos les brillaban los ojos, sabían que se venía un tiempo de vacaciones. Fueron felices al pensar en todas las cosas que podían hacer en esas dos semanas. Terminé el diálogo grupal ese mañana sobre las vacaciones, los dejé en silencio y me dirigí a retirarme. "Tengan un gran día, muchachos", me despedí. Pero casi llegando a la puerta Alonso cambió radicalmente de tema. Yo sabía que habían ido el martes a la sala de cómputo, pero no me había acordado sobre la otra encuesta que al día siguiente volverían a completar.
- Nos dijeron que respondamos unas preguntas sobre usted. Y en una de las preguntas decía si tu profesor te recibe siempre con alegría en las mañanas. Yo marqué "siempre". Y a todas las demás preguntas también le marqué "siempre". Porque siempre hace que yo me sienta bien en las mañanas. Muchas gracias, profesor- terminó por agradecer Alonso.
Yo estaba cerca a la puerta para irme y abrí mis ojos sorprendido no sólo por el contenido de esas palabras sino porque de repente, todos sus compañeros también empezaron a decirme lo mismo. Y fue mayor mi sorpresa cuando apareció el aplauso inesperado. Aplauso dulce, cálido y eterno. Ese aplauso que sin querer recibí. Un aplauso al que sólo atiné a responder con la misma gentileza con la que llegó: "Muchas gracias. Muchas gracias a ustedes también, chicos. Muchas gracias porque siempre me reciben con mucha alegría".
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