"Remate a un Sol”, decía el letrero de una pared maltratada por el tiempo de un callejón limeño donde el polvo del saber es difícil de sacudirse.
Ser amante de la lectura requiere interés, compromiso y tiempo. Trato de serlo cuidando e innovando periódicamente mi biblioteca, o visitando las ferias de libros. En algunas ocasiones, cuando Lilix llega a la “capital de sus penurias”, visito con ella y Bruno, mis amigos de versos y melodías, las ferias limeñas más importantes. O algunas veces solo. Como aquel día que caminando por “Lima, la gris” encontré tirado, entre otros, un libro delgado y blanco, de una portada azulada con una imagen que reverberaba el balcón del patio de mis tardes paulina más significativas y enriquecedoras. Y entre sus hojas apelaba la exclusividad de la lectura para los alumnos del I.S.P.P Paulo VI. Un efímero orgullo hinchó mis deseos de superación y mi sentido de pertenencia; pero se deslizó en un suspiro porque pasó por mi cabeza un conflicto cognitivo.
Conozco a varios compañeros que ya dejaron las aulas del pedagógico donde yo estudio. El tiempo no se detiene y me está invitando a formar parte de ese grupo selecto de egresados docentes profesionales y competitivos. Es un reto llegar a serlo. Cinco promociones paulinas he visto emigrar. Sé la realidad de algunos de sus integrantes porque aún tengo fresco el recuerdo de sus vidas y huellas que dejaron al pasar. Sin embargo, no dejo de pensar en el resto que lleva como insignia el escudo de la institución. Recuerdo hace tres años, en una reunión de amigos coetáneos y respetados, me preguntaron dónde estudiaba. Mi respuesta, y lo seguirá siendo, fue concreta, inquisidora y segura: “En el Paulo VI, ¿cómo no lo conoces?, es lo mejor que tiene el Callao”. Y ahora me pregunto: ¿cómo responderán todos aquellos que pisaron, pisan o pisarán las aulas paulinas? Espero, confiadamente, varias respuestas positivas. Pero tengo dudas si la identificación de éstos sea coherente.
La tarde que encontré el libro del padre Rivadeneyra mezclado con otros, sentí la necesidad de preguntarme cómo llegó a parar ahí dicho texto. Instantáneamente deduje varias alternativas, pero terminé por tentarme que un paulino, egresado o estudiante, lo dejó ahí. En consecuencia, se da a entender que dicho paulino le restó importancia al contenido, a su profesor, a su institución y definitivamente, a sus años experimentados. No puedo negar el maltrato que había recibido el libro en el suelo; pero, tampoco niego la posibilidad de mi hipótesis. Imaginarme que el anónimo paulino pueda tirar o vender su identidad a un bajo costo, me preocupa. El alma máter se debe dejar florecer; porque el tiempo vivido ahí tiene raíces profundas que son difíciles de arrancar.
Luego visité la acogedora biblioteca paulina para encontrar aquel libro. Lo encontré junto a varias copias más. Y mientras me retiraba, una nueva esperanza nacía. El atardecer mezcló el tiempo de mis recuerdos. Y observé el pasado, el presente y el futuro del “PAULO” entre sus patios, balcones, aulas, profesores y especialmente en sus alumnos. Aquellos que algún día expresarán y afirmarán el sentimiento de pertenencia a su alma máter paulina.
Jorge Angeles Vásquez
IX Ciclo
Ciencias Sociales, Filosofía y Religión.
(este es un texto que escribí cuando estaba en el PauloVI y fue publicado en un boletín)
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