Sentado en su rutinario viaje, Jorge mantuvo el aburrimiento en la combi. La diferencia fue que esta vez lo acompañaron dos caballeros apasionados a la farándula que leían sendos periódicos. Uno a su izquierda; el otro, al frente de él. A su derecha, encontrábase el chévere cobrador gritando con el corazón en la mano: "¡Callao, cincuenta, Callao!". De repente el móvil frenó suavemente. Jorge pensó que subiría otro pasajero más, mientras su cuello se alargaba cada vez más pegándose al periódico izquierdo y el dueño de este se cubría más la cara con su diario. Pero no fue así. Una voz asustada se oyó en el aire: "¡Uy! Ya lo cagaron". Impresionado como todos los que estaban dentro y fuera del vehículo, Jorge dirigió su mirada hacia un pobre anciano que yacía tirado en medio de la pista.
En pleno desconcierto, todos empezaron a clamar lamentos inútiles sobre aquel pobre personaje senil. Con una mirada panorámica observó que el tráiler verde con la marca "Pay-Pay" que estaba estacionado en medio de la avenida junto al humano agonizante era el culpable de tal desgracia. Desde su asiento y a través de la ventana pensó si la ayuda llegaría instantáneamente. "¿Podré ayudarlo?", musitó y luego dijo, "¿Quién lo va a ayudar?, nadie se acerca". Era cierto, ninguno de los espectadores se acercaba a socorrerlo a pesar de que el anciano harapiento pedía auxilio.
Tambaleándose logró pararse. Sus canas se tiñeron de rojo. Sus rodillas estaban destrozadas y su brazo izquierdo colgaba como la de un simio. Entre gritos de desesperación, llanto y dolores su mano derecha se tocaba la cabeza y su brazo muerto, con gran esfuerzo sobrenatural, se alzaba a pedir ayuda y se estiraba como una guía inútil en su lento caminar. Dábase la imagen de un mocoso que entre lágrimas busca a su madre para abrazarla. La escena fue horrible pero a la vez penosa.
La "combi" pasó por la escena, siguió su ruta lentamente y Jorge subordinado a esta, también. Se quedó anonadado. Sus ojos ya no leían aquel periódico absurdo que presentaba en sus titulares a mujeres y frases vulgares; sino que ahora se quedaron pegados al anciano azotado por la bestia mecánica.
Él sabía que tenía que bajarse en el paradero siguiente. Por eso lanzó al aire su voz gruesa que fue escuchada por el chofer: "Bajo en la esquina". Al bajar se desconectó por un momento de la "película de terror". Y mientras cruzaba la avenida, sus ojos volvieron al anciano; pero cambiaron de dirección rápidamente porque aquel instante sucedió que un joven valeroso corría al rescate para levantar, junto al chofer del camión, el cuerpo que había caído por segunda vez a la pista. La última escena escalofriante que Jorge vio ese día fue la imagen del chofer llorando y que, con una mano en la cintura y la otra en la cabeza, regresaba al timón mientras las sirenas de la policía llegaban. Siguió camino a su centro de estudios. No supo más del anciano. Sólo quedó con la duda de que si lo que vio en menos de 5 minutos, fue solo porque aquel día fue un martes trece de abril.
(Este texto fue escrito en abril de 2004 para el curso de Comunicación de la prof. Vilma Moreno, y es publicado predestinadamente a una semana antes de que sea martes 13 de diciembre de 2011. "¡Auxilio, OTRO Martestrece!" )
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