De los 16 años que vengo trabajando como profesor, los últimos 10 años los he dedicado enseñando en el colegio Santísimo Nombre de Jesús. Ayer, en el 54° aniversario del colegio, me entregaron una placa recordatoria por esa década cumplida que dice “por tu entrega y dedicación”. Palabras trilladas, pero tan verdaderas.La docencia exige enfrentarse cada día a algún desafío nuevo. El docente planifica sus actividades, ejecuta lo programado y evalúa sus acciones en base a sus objetivos prestablecidos; pero suele suceder que casi siempre debe reinventarse en cuestión de minutos ante lo predecible o a lo inesperado. Estas tres funciones inseparables al ejercicio docente endulzan y enamoran a otros profesionales a querer enseñar. Pero, sigo creyendo durante todos estos años, que no cualquiera puede ser profesor. No basta con programar, ejecutar y evaluar. Mucho menos ser un profeta educativo desde otras tierras ajenas al magisterio. Se requiere de más. Quizá exige la expresión máxima, al mismo tiempo y en todo momento de tu vida, de todas las dimensiones humanas (física, cognitiva, psicológica-emocional, afectiva-social, trascendental). En pocas palabras, una verdadera muestra de humanismo pleno. Conozco verdaderos maestros de este tipo. Escasos, pero existen. Yo, definitivamente, no creo estar en ese nivel superlativo. Pero, es una meta que se puede alcanzar. Y he empezado preocupándome por tres características que, a mi parecer, debe tener todo profesor para empezar. Uno: dominio de la materia, dos: pedagogía para comunicar, tres: carisma del líder. Tres cualidades que aconsejo a todos mis colegas. Cualidad que exigen, como dice la placa, “entrega y dedicación”.
Cosa aparte es la amistad que generas con tus alumnos. La amistad es un regalo que se da, no un objetivo a perseguir. El profesor se ve realizado cuando ve realizarse el alumno integralmente. Por eso, durante el brevísimo homenaje de ayer, no pude dejar de pensar en todos mis alumnos que he enseñado. Recordé todas las promociones del Santísimo desde la promoción 2010 hasta hoy (a mis ahijados 2012 y 2015). Pero también recordé a mis alumnos del Enrique Camino Brent, a mis alumnos del María Reina de Corazones y a mis alumnos y profesores de mi siempre querido Junior César de los Ríos. No puede haber profesor sin alumnos, ni alumnos sin profesor. Para que exista el uno debe existir el otro. Por esa sencilla razón, estaré siempre agradecido con cada uno de ellos.

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