Solo los había visto tocar en vivo tres veces en mi vida. La primera y segunda vez fueron algo inevitable. A inicios del nuevo milenio la movida del rock peruano seguía creciendo a nivel nacional y yo ingresaba a ese movimiento cada madrugada a través de “Radio Insomnio”, el programa radial que Sergio Galliani (“el quinto teletubie”) transmitía por radio América. Era uno más de los miles de seguidores que nos quedábamos despiertos todas las madrugadas para saborear lo mejor del rock peruano. Me enamoré allí de Mar de Copas, Libido, Amén, Daniel F, Leucemia, Trémolo, Cementerio Club, TK, Dolores Delirio, 6 voltios, Índigo, Ushpa, Zen, La liga del Sueño, Pelo Madueño, Frágil, Madre Matilda, La banda de Jack, La Sarita, Los Mojarras y de Campo de Almas. Era tan grande la influencia radial del rock nacional que recuerdo cómo las noticias televisivas se sorprendieron cuando Amén se presentó gratuitamente en un escenario tan pequeño a espaldas de Plaza de San Miguel y miles de jóvenes fuimos a verlos. Ese concierto marcó un precedente para que la emisora Studio 92 organice los “Desenchufados”, conciertos gratuitos donde tocarían las mejores bandas de rock del momento. Yo tenía que estar en esos conciertos, así que mi presencia allí fue inevitable. Primero fue en el parque Juan Pablo II de San Miguel y después en Marina Park. En esos dos Desenchufados escuché la primera y segunda llamada mardecopera.
Desde 1992, Mar de Copas siempre ha
sido considerada una banda de culto por unanimidad. A mi parecer, ese título se
debe a las letras de sus canciones. A los “mardecoperos” nos encantan y apasionan
esos poemas hermosos hechos melodías que hablan sobre la vida y la muerte, el
amor y la soledad, las glorias y las derrotas, la amistad y la traición, los recuerdos
y el olvido, sobre dios y el mal. Los cuatro discos que tuve de Mar de Copas fueron
obsequios de buenos amigos que conocen mi debilidad por ellos. Sus discos son puro
placer y doy fe de que existen cientos de versos maravillosos regados por todas
sus canciones mejores que estos: “Adiós
amor, contento voy con un disfraz / de flores rojas del lecho donde estarás / tan
fuerte era tu amor / que hasta la muerte y hasta la sangre / y hasta el
recuerdo de tu alma llevan tu olor… (Adiós Amor)”; “Por no dejar correr un par
de viejas lágrimas / por ignorar a un ángel que frente a mi pasó / de pronto te
vi andar entre los árboles / un hechizo me hirió en el corazón… (Entre los
árboles)”; “Hace tanto, tanto tiempo
que no hay nadie en estos rumbos / no sé si abandoné la compañía en este mundo
/ no sé si he avanzado o solo en círculos he andado / no sé si ese cuerpo que
cayó fui yo al morir… (Tras esa puerta)”; “Dios y el diablo al ser el mismo / comparten la misma cara / la
esperanza de la tumba se levanta / como un rayo cegador / ven amigo ven / dame
un beso, brinda conmigo… (Balada de un encuentro fugaz)”; “Dime amor / si todavía sabes enfrentar / el
hastío de las horas junto al mar. / Dime amor / a qué hora evoluciona tu sentir
/ ni santo ni pecador. / El amor está.. / El amor está.. / Quiero cortarle las venas porque no tiene tus alas... (Dos caras)”. Si aceptáramos que hay canciones, como
las de Bob Dylan, que tienen el honor de ser considerados literatura pura,
entonces las letras de las canciones de Mar de Copas pueden entrar en ese
parnaso.
La tercera vez que los vi fue en el “Acustirock III” realizado en el estadio de San Marcos. Ya estábamos terminando la primera década del milenio y los conciertos de rock peruano reunían a una constelación
de bandas consagradas a nivel nacional e internacional. Pero, Mar de Copas
sobresalía con luz propia. No en vano cerraban siempre todos los megaconciertos.
“La Lista”, la legión de fans fieles, asistían siempre a todos sus conciertos y cual equipo de fútbol gritaban su nombre en el intermedio de las presentaciones de las otras bandas. Ese día en el estadio de
San Marcos ocurrió igual que siempre. Y después de haberlos llamado toda esa noche con
el cántico mardecopero típico, los protagonistas se presentaron al final. La tercera
llamada empezó con “cambiaré un amor / por
flores frescas de la noche / huiré del sol de tu prisión / en busca de un astro
rey… (Prendí otro fuego por ella)" y acabó con “suelta tu risa enamorada / nos robaron mañanas colmadas / de bromas
sin palabras / Fuegos de un amor imposible / que ya no espera la distancia / del
día de su creación… (Mujer Noche)”.
En julio del 2017, Mar de Copas
sacó un libro conmemorativo por sus 25 años de trayectoria. Lo compré y lo leí
de inicio a fin ese mismo día. Fue fantástico. Cada etapa musical de este grupo había marcado una parte de mi vida. Cada canción escrita llevaba un pedazo de mi historia personal. Quizá, con cierta exageración, algunos afirman que las canciones de Mar de Copas son el soundtrack de sus propias vidas. Yo solo puedo decir que al terminar de leer el libro “vi también la suavidad de un romance; dulcemente
en su especie prolongarse; quise mis ojos cerrar y a mis sueños echar a andar; sólo
dar un paso atrás y seguir con mi viaje; En mi máquina del tiempo sin hallar
claridad… (Mi máquina del tiempo)”. Así pues, en estos últimos años, he venido
escuchando sus canciones ocasionalmente y sin pensar ir a verlos una vez más. Sin embargo,
la cuarta llamada llegó sorprendentemente en forma de regalo de cumpleaños por
alguien que me quiere mucho.
“Mar de Copas: cuarta llamada” fue el nombre del concierto que darían
para celebrar los 25 años del lanzamiento de su disco Entre los árboles. El viernes 20 de diciembre de 2019, finalizando la segunda década del milenio, fue
la cuarta vez que los vi y el Centro de Convenciones de Barranco Arena fue el
lugar propicio para cantar durante más de dos horas. Desde el concierto de Amén
en Plaza San Miguel, no había estado tan cerca de un escenario de rock. La puntualidad
en los conciertos tiene sus riesgos: consigues una buena ubicación, pero sufres
la condena de esperar horas el inicio del espectáculo. ¿Habrá sido obra del
destino irónico que la zona que me tocó se llamara “El País de tus sueños”? La
letra de esta canción dice: “Oye príncipe
en pena, dime ¿cuánto por sufrir es tu condena? / tu fantasma es el dolor de mi
propio corazón / no ha dejado de llorar / cabizbajo, mírame / y con el nocturno
andar / de tus labios háblame… (El país de tus sueños)”.
A pesar de todo, la espera
terminó, el concierto empezó y fui feliz otra vez. Cada canción era un éxtasis.
Cesar Zamalloa tocaba el bajo, y todos: “nos
va a salvar un rayo de ilusiones / llegó el final del ansia que su falta da / qué
deberá importar / que se desarme el mundo sin parar / si puedo yo posar un beso
en ti al final… (Suna)”. Phoebe Condos con una rosa a su costado tocaba los
teclados, y todos: “Ya todo pasó / era un
engaño de sus besos / y la confusión / posesionada de tu cuerpo y tú, / dejando
al tiempo que juegue a los dados con tu luz… (Huida)”. Toto Leverone lucía sus lentes negros mientras golpeaba la batería, y todos: “Cómo es la vida, cómo es / te encuentras
destruido / de nada te ha valido la vida como es / luego el futuro te negó / el
mundo te gritaba: / "tu ya no vales nada" / el futuro te negó… (Si
algo así como el amor está en el aire). Manolo Barrios saludaba al público
mientras tocaba la guitarra, y todos: “Hoy
hay entre los dos el pasar de una vida / el pesar de mis noches / el morir de
mis días / sin saber si aun eras mía / eras mía… (Un día sin sexo)”. Wicho
García, con su gorrita típica, descalzo sobre una alfombra roja, cantaba moviendo los manos con la pandereta, y todos: “Tratar
de no pensar, en noches en que sin mirar encuentras sombras. / Un joven de sal
se ahoga en sus mares salados. / Bestias corren mil por mi cabeza, maldita
luna... (Al pasar de las horas)”. El backstage yendo y viniendo de un lado
para otro, y todos: “Llévame / viento
hacia el sol / a un camino ya sin puerto, / déjame / en tierra sin dios / que
no encuentre ni un recuerdo, / llévame / para siempre llévame… (Llévame)”. Los
fanáticos mostrando sus discos de colección comprados allí mismos, y todos: “Y no sé olvidar, / y no sé ya salir a
caminar / si en el frío de este invierno me perdí, /y no sé olvidar / y no sé,
/ solo puedo recordar / que en la bruma de tu vida / me perdí… (Perdido)”. Los chicos de a lado gritando la canción sin parar hasta quedarse sin voz, y todos: “Algunas horas nada más duran más que tu vida; algunas veces nada más y
esa es la herida… (Esos días)”. Las parejas abrazadas mirándose a los ojos mientras se sonreían entre ellos con sus miradas cómplices, y todos: “Es triste ver tu corta vida / después de
tanto tiempo / el aire no susurra a mis oídos más / ni una explicación más / los
pasos andan solos / su boca ya no silba su cantar de Hamelin… (Un nuevo
intento)”. Ella tan cerca de mí con un brazo en mi cintura y el otro estirado apuntando al escenario, mientras yo resignado cantaba con el corazón sincero, y todos: “sé que en tu razón / nunca mía serás / que de este mundo me iré / sin
tenerte / ni por un segundo / ni un segundo... (Ni por un segundo)”. La cuarta llamada fue mágica e inolvidable.



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