
Debo confesar que a Gregorio Luri lo
empecé a leer a mediados del año pasado. Fui descubriendo su presencia
intelectual entre los libros de pedagogía, después de leer el prólogo de “Los
pedagogos: ensayo histórico sobre la utopía pedagógica” del francés Jean de
Viguerie. No me sorprendió que su nombre y sus libros no sean reconocidos entre
los profesores peruanos que estamos inmersos en un único paradigma educativo
irrefutable. Encontré que las ideas de este filósofo pedagogo escritas en “La
escuela contra el mundo”, “El arte de educar con sentido común” o “El deber
moral de ser inteligentes” son la evidencia concreta que el debate educativo es
posible en el imperio de la “nueva pedagogía”. Si uno empieza a escuchar sus
entrevistas en internet, disfrutará de una voz lúcida que suena con gran fuerza
entre los grandes educadores hispanos. Particularmente, lo alineo a Inger
Enkvist, Ricardo Moreno, José Sanchez Tartosa, Mercedes Ruiz Paz o Andreu
Navarra, entre otros críticos españoles de la ortodoxia vigente.
En enero me enteré de que “La escuela
no es un parque de atracciones” saldría a la venta recién en marzo. Tuve que
esperar con ansias esos dos meses para leerlo. El libro es una directa
declaración de intenciones: a la escuela no se va a jugar. No pudo escoger un
título mejor, aunque confieso que “Los pedagogos de Herodes” me hubiera gustado
más por su afán provocativo. En este libro, Gregorio Luri rescata la esencia de
la escuela y defiende su finalidad en la sociedad. Argumenta que la función de
la escuela debe seguir siendo la transmisión de conocimientos poderosos a sus
alumnos a través de la instrucción explícita. “El conocimiento también
necesita su ecología y no la encontrará en un parque de atracciones”,
afirma el autor. Valiente tesis. A mi parecer, muy bien defendida; ya que, a
diferencia de sus críticos, él se basa en la evidencia empírica que existe en
la psicología cognitiva y que se ve reflejada en todos los mejores sistemas
educativos del mundo. “Me resulta difícil comprender por qué tantos
pedagogos despectivos con el conocimiento son venerados en las facultades de
Educación, mientras se ignoran los debates abiertos en torno a la importancia
del conocimiento por figuras señeras del presente como Daisy Christodoulou,
Doug Lemov, Tom Bennett, Katharine Birbalsingh, Michael Young, E.D. Hirsch o
Daniel Willingham”, se sorprende Luri. Resulta enriquecedor y reconfortante
identificar la gran cantidad de autores con los que dialoga, porque demuestra
que no está solo en su defensa pedagógica. Convence cuando nos habla del
capitalismo cognitivo que hoy se necesita en el mundo. Además, su propuesta
está en coherencia con los ideales democráticos de igualdad entre los hombres.
La escuela debe ser el lugar donde los alumnos menos favorecidos puedan salir
de su pobreza cuando adquieren conocimientos poderosos y los conviertan en el
capital cognitivo que necesitan para enfrentar los desafíos actuales que el
mundo competitivo demanda.
Las 416 páginas de este poderoso libro
están divididas en tres partes notables. Al inicio, se plantea si existe la
racionalidad pedagógica. Para ello, analiza la realidad educativa en la que nos
encontramos. Critica la idea de que la tecnología por sí misma genera el
aprendizaje, reprocha las viejas ideas románticas de los pedagogos progresistas
que plantean la plena autonomía del estudiante creativo, derrumba la repetida
idea de que la escuela prepara para trabajos futuros que aún no existen,
rechaza el nuevo paradigma del profesor innovador y sus técnicas disruptivas
que aparentan un éxito académico, critica la poca rigurosidad empírica de las
inteligencias múltiples, del aprender a aprender, de la neurociencia y de la
inteligencia emocional. Termina el primer capítulo, afirmando que “una
escuela sin convicciones y sin trayectoria no es una escuela, aunque quizá
pueda ser una entretenida guardería”.
En la segunda parte del libro,
Gregorio Luri defiende el valor del conocimiento poderoso y la experiencia
educativa. Se respalda de la psicología cognitiva para sustentar la necesidad
de la superación de los límites de la inteligencia: el tiempo de reacción, la
memoria a largo plazo y la memoria de trabajo. Además, da importancia debida a
la vivencia de una cultura en común. Critica a aquellos pedagogos que insisten
en que la experiencia educativa sea solo emotiva o se entienda solo como vivir
experiencias nuevas. “No, no todas las experiencias son educativas”,
sentencia. “No tiene que ser necesariamente divertida o espectacular”.
Luego propone, “una experiencia educativa debe ayudar a trascender los
límites de nuestra experiencia natural (espontánea o familiar) del mundo”.
Es decir, el alumno que llega a una escuela debe superar “su condición de
novicio para alcanzar, paso a paso, la de experto”. Y para lograrlo, Luri
propone: el estímulo del saber por el saber, el fortalecimiento de la
autodisciplina, la educación de la atención, la concepción diagnóstica del
error y el desarrollo de las virtudes morales asociadas al aprendizaje. El
segundo capítulo resulta gratificante y esperanzador porque nos muestra, desde
mi opinión, que es posible llevar estas ideas a la realidad. El ejemplo del
colegio Michaela Community School de Inglaterra es sinónimo de ello.
La propuesta metodológica coherente de
la defensa del conocimiento es la instrucción explícita, y está desarrollada en
la tercera parte del libro. No es un método innovador, claro está. Su
desconocimiento profundo lo hace espantoso y aterrador entre los profesores de
hoy que, lamentablemente, cada vez más se alejan de él. Para que el alumno
aprenda, la instrucción explicita es la práctica reflexiva más eficaz, en
comparación con los métodos de descubrimiento, aprendizaje basado en problemas,
gamificación, trabajos por proyectos, etc. “La evidencia es clara: por mucha
influencia que tengan las expectativas preconcebidas de algunos expertos en
educación, la instrucción dirigida es más efectiva que los enfoques centrados
en el niño”, nos dice Gregorio Luri. La debilidad de la educación actual
está en la falta de conocimiento que le permita al alumno comprender textos de
diversas disciplinas. “El conocimiento es un potenciador de la comprensión
lectora”, cree el autor. También, critica fuertemente que los colegios
consideren que para llegar al pensamiento crítico no haga falta tener
conocimientos profundos de una disciplina. “Si queremos ser críticos en un
campo de saber, el camino más seguro es convertirnos en expertos en ese campo,
preocupándonos por conocer bien el que ya se sabe con rigor. El saber riguroso
no puede ser sino crítico, mientras que la crítica sin rigor tiene mucho de
pataleta”, nos explica. Se alinea con Michael Young cuando quiere dejar
claro lo evidente, que el conocimiento poderoso abre las puertas del mundo
actual, el mundo del STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics).
Hoy se necesita de un conocimiento poderoso que permita la innovación y el
progreso verdadero. Gregorio Luri advierte que la educación actual no se está
dando cuenta que el mundo está inmerso en el capitalismo cognitivo. El capital
humano moderno está centrado en la fórmula básica: “know what (conocimiento)
+ know why (ciencia) + know how (competencia o pericia) + know who (relaciones
sociales, aprendizaje de la experiencia ajena) + V (los valores asociados al
aprendizaje)”. Sin embargo, los colegios van por otros rumbos y siguen
separando la brecha entre la “smart fraction” y los más desfavorecidos. Por
eso, termina diciendo que “la escuela de las buenas intenciones, esa escuela
de las innovaciones disruptivas, de la creatividad y de la revolución
educativa, del aprender a aprender y de la resolución de problemas, de las
inteligencias múltiples, del pensamiento crítico y de la incontinencia
emocional, que cree que hay que llenar el corazón en vez de la cabeza, no acaba
de darse cuenta de que, mientras estaba sustituyendo el decorado del castillo
de Hamlet por un McDonald´s, para hacer la vida más fácil a los alumnos, en
Elsinor habían creado un laboratorio tecnológico en la sala del trono”.
Termino de escribir estas palabras, en
un contexto difícil: la pandemia del coronavirus. Esta crisis mundial ha
afectado a todos los sectores de la sociedad. En nuestro caso, ha paralizado
las actividades escolares y puesto en riesgo nuestro sistema educativo. Sin
embargo, creo que es el momento preciso para afirmar que se necesita un conocimiento
poderoso para derrotar el virus y la instrucción explícita para transmitir esa
victoria. Además, percibo que algo curioso está sucediendo en estas semanas.
Debido al aislamiento social, la necesidad de las familias porque sus hijos
aprendan las clases está obligando a muchos docentes a migrar a plataformas
virtuales desde donde los alumnos podrán vivir la “experiencia educativa”.
Podría decirse que es un triunfo de las nuevas pedagogías; pero, es una
victoria pírrica. En el fondo, el uso de estas tecnologías esconde lo esencial
del hecho educativo: “la instrucción explícita de conocimientos poderosos”. Los
profesores, paradójicamente, a partir de estas innovaciones han vuelto a lo
básico. Hoy, la idea de que el alumno es constructor de su propio aprendizaje
se desmorona fácilmente, porque vemos como las familias exigen insistentemente
que la escuela cumpla con su función de enseñar los conocimientos que superen
su propio ambiente familiar. Cuando un profesor empieza su videoconferencia (o
cualquier aplicación moderna) y todos los alumnos conectados le entregan su
atención, estamos presenciando lo esencial del fenómeno educativo: un profesor
que enseña algo valioso y un alumno que quiere aprenderlo.

Buenas profe. Y cómo el autor llega a conciliar la inteligencia emocional con el saber por el saber?
ResponderEliminarGregorio Luri piensa que la educación emocional debería estar orientada a una escala de valores establecida. Solo así se educaría correctamente las emociones. Sin embargo, lo que hoy sucede, desde su punto de vista, es que la educación actual cree que educar la inteligencia emocional es hacerlo vivir diversas "experiencias" dejando que el alumno sienta la emoción. Si vive la experiencia el alumno, entonces, estará educado emocionalmente para cualquier contexto, piensan los pedagogos actuales. Pero, allí es donde yo comparto la opinión de Gregorio Luri, se equivocan porque se cree que el alumno solo por sentir una emoción empezará a querer el conocimiento. Puede suceder con los pocos alumnos que les encuentran gusto al aprender; pero la gran mayoría de alumnos que le han hecho experimentar muchas emociones distintas, van a querer la que siempre les agrade. No van a elegir la que mejor necesiten, sino la que más les guste en ese momento... Esto se traduce cuando los alumnos que tuvieron un juego en una clase sólo para despertar el interés, quieren seguir jugando. Como saben que el volviendo conocimiento no es tan agradable, sino requiere esfuerzo y atención, no lo aceptan; lo rechazan, solo quieren educarse según lo que ellos quieren en ese momento. Sino, el profesor es un mal profesor... En ese sentido, la educación emocional no está siendo bien entendida y no se relaciona para nada con el conocimiento en sí mismo...
EliminarPor eso, el autor cree que la educación emocional debe estar orientada al esfuerzo y atención a lo verdadero, lo justo y lo bello. Los profesores deben educar las emociones hacia el conocimiento de estos saberes, no a cualquier experiencia. Y para lograrlo es que desde niños se les enseñen hábitos, esa es la verdadera educación emocional. Los hábitos de estudios cuando se aprenden bien, sirven para llegar a querer el conocimiento. El hombre con hábitos ama el conocimiento. El que no tiene hábitos, los rechaza... Esa es la verdadera educación emocional orientada al conocimiento...
Un abrazo. Saludos.
El final del texto demuestra la ignorancia de la propuesta. Un profesor que enseña y un alumno que quiere aprender. Así, por las buenas, los alumnos se vuelven locos por la vida de los romanos, por las divisiones, por los adverbios, etc porque el profesor lo va a enseñar. Eso si que es vivir en un mundo de fantasía pedagógica.
ResponderEliminarGollum,
ResponderEliminarHay una afán de extremismo en el ser humano, lamentablemente, tachando, dejando de lado lo anterior y se deja llevar por lo nuevo convenciendose de que es lo correcto, que interesante la primera parte de este libro menciona la autodisciplina, la educación de la atención, la concepción diagnóstica del error, temas que en la actualidad se tocan con pinzas, y a veces ni se toma en cuenta. Me gustó tu texto.