Tres características inherentes configuran al buen maestro: el dominio del tema, la capacidad pedagógica y su gran carisma de líder. Estos tres elementos inseparables suponen un desafío altísimo que muy pocos pueden alcanzar satisfactoriamente. Ser profesor siempre ha sido un gran reto. He allí la grandeza de la profesión. Para lograrlo, existen dos principios pedagógicos que, desde su complementariedad, cobran más vigencia en nuestros días: la firmeza y la flexibilidad. Reflexionemos cómo están presentes en el ejercicio docente: al comprender la ciencia pedagógica (dominio del tema), al mostrar la versatilidad didáctica (capacidad pedagógica) y al crear vínculos con los alumnos (carisma del líder).
COMPRENDER LA CIENCIA PEDAGÓGICA
El progreso de la ciencia se debe en gran medida al método científico que permitió el entendimiento de distintas realidades. Sin embargo este método se vio limitado cuando quiso comprender cuestiones sobre la naturaleza humana porque se encontró con una variable difícil de medir: “la libertad humana”. Las ciencias humanas han buscado una alternativa al método científico para comprender la condición humana; pero, al no llegar a consensos seguros, las distintas metodologías del espíritu tienden a ser altamente valoradas todas por igual.
La pedagogía es una ciencia humana. Y, a lo largo de su historia, ha caído en esta obsesión por el método. Cada cierto tiempo aparecen corrientes pedagógicas que han insistido en la aplicación de un único método innovador que garantiza el aprendizaje y, simultáneamente, aparecen otras corrientes que rechazan los procesos metodológicos o los reemplazan por experiencias ajenas a la educación.
¿Cómo entender entonces los principios de firmeza y flexibilidad en el dominio de la ciencia pedagógica? Nuestro paradigma educativo tiene grandes valoraciones y profundas limitaciones. Sería ingenuo creer firmemente que las nuevas metodologías de enseñanza para el aprendizaje garantizarán los éxitos educativos por sí mismas, y, de la misma manera, sería irresponsable restarle la importancia que tienen los métodos pedagógicos que cada área académica han ido produciendo y utilizando con mucha autoridad. Por eso, un buen profesor comprende que la ciencia pedagógica no es una ciencia exacta pero tampoco es una ciencia sin procesos sistematizados. Concebir a la ciencia pedagógica de manera mecanicista conduce a creer que podemos controlar o modificar permanentemente la variable más importante en la educación: el alumno. El alumno no es un agente pasivo en el aprendizaje ni el profesor es el único agente motor que causa el cambio, diría Santo Tomás de Aquino. Más que un artesano especializado que amolda cada detalle en su arcilla, el profesor debe concebir su ejercicio pedagógico como la de un médico que aplica sus doctos conocimientos al paciente; porque, junto a cualquier causa externa que apliquemos, siempre existirá en el alumno potencias activas que causan su propio desarrollo. Comprender la ciencia pedagógica de esta manera nos permite usar cada metodología didáctica con la firmeza y flexibilidad que corresponde.
MOSTRAR LA VERSATILIDAD DIDÁCTICA
En la práctica pedagógica, la planificación de una sesión de aprendizaje es quizá el trabajo más sincero, creativo y sofisticado que realiza el buen maestro. Aquí se gestiona todo el camino para lograr los objetivos previstos. Pero, como advertíamos, la pedagogía no es una ciencia exacta y casi siempre lo programado se ve alterado por diversas variables inesperadas, como el maravilloso factor humano. ¿Cómo ser firmes y flexibles en nuestra gestión de la clase?
Si creemos que miramos mejor en hombros de gigantes, entonces el bagaje pedagógico contiene un conjunto de métodos, técnicas y didácticas muy eficaces y eficientes. Negar los recursos pedagógicos de años pasados es desaprovechar las estrategias que pudieran servirnos en alguna oportunidad futura. Es una tentación usual del magisterio inclinar la balanza pedagógica hacia un solo lado metodológico, por ejemplo: si antes toda metodología activa era rechazada con firmeza, hoy todo método tradicional es rechazado inflexiblemente. Sin embargo, John Hattie (2012) en “Visible learning for teachers. Maximizing impact on learning” nos mostró que, aunque algunas con mayor impacto, casi todas las estrategias educativas funcionan en el aprendizaje: mapas conceptuales, feedback, instrucción directa, aprendizaje colaborativo, evaluación formativa, programas de vocabulario, entre otras.
Ahora bien, el principio de la firmeza pedagógica nos permite realizar profesionalmente una sesión de clase organizada desde un proceso didáctico prestablecido por cada área académica; mientras que, el principio de flexibilidad nos invita a comprender que cuando dichos procesos didácticos no están siendo aplicados según lo planificado, entonces, es posible usar otros procesos que realmente se ajusten a las necesidades del alumno. No todas las sesiones de cada área deben usar metodologías innovadoras siempre, a veces es bueno saber aplicar las estrategias clásicas también, y viceversa. Un balance adecuado entre firmeza y flexibilidad en la gestión del aula nos permitiría mostrar una estupenda versatilidad didáctica.
CREAR VÍNCULOS CON LOS ALUMNOS
Para llevar las riendas de cualquier proyecto que nos tracemos hay que saber en qué momento sujetar firmemente los correajes y en qué momento seguir sujetando con flexible manejo. En educación ocurre algo parecido cuando el profesor que lidera el salón de clase crea vínculos con sus alumnos mediante estos dos principios pedagógicos equilibradamente. Es torpeza confundir firmeza con agresión, intolerancia o imposición irracional, y flexibilidad con desinterés, negligencia o incapacidad. La firmeza está asociada al esfuerzo, orden, hábitos, disciplina, compromisos y virtudes, mientras que la flexibilidad se asocia a la singularidad, comprensión, valoración, creatividad y libertad. Ser flexibles todo el tiempo en clase es tan peligroso como ser excesivamente firmes. Podríamos imaginarnos algunas consecuencias trágicas de este desbalance si comparamos a dos profesores ficticios muy queridos: a John Keating en “La sociedad de los poetas muertos” y a William Hundert en “El club de los emperadores”.
Por otra parte, un profesor trabaja con los alumnos a través de una materia académica. No es solo una relación del alumno con la materia o la materia con el profesor, ni una relación solo entre alumno y profesor, el ejercicio docente se sustenta en la relación “profesor-materia-alumno”. Hay profesiones loables que se dedican únicamente el alumno, pero lo que distingue y da identidad al maestro es la vinculación que hacemos con un grupo de alumnos en conjunto con la materia académica. Los docentes compartimos conocimientos y “a la vez” transformamos la vida de los alumnos porque en esa triple relación les ayudamos a crecer mostrándoles el conocimiento de lo bello, bueno y verdadero. Por eso, valorar al alumno es respetar el conocimiento.
Pero ¿qué se necesita para lograr un balance adecuado entre firmeza y flexibilidad para vincularse con el alumno? Podría ayudar a esta tarea: dominar el arte de la retórica; observar con atención los gestos, miradas o detalles que van surgiendo en el alumno cuando aprende; registrar actitudes trascendentes para evaluar posteriormente las experiencias; generar espacios de diálogo ante logros y dificultades estudiantiles; desarrollar permanentemente el autocontrol y automotivación, la empatía y asertividad; saber pedir, decidir, delegar y confiar; tener buen sentido del humor; y, poseer un alto sentido común. Pero el mayor equilibrio entre firmeza y flexibilidad en el ejercicio docente para poder vincularse con los alumnos es la ejemplaridad. Desarrollar el carisma del líder desde estos dos principios requiere un verdadero compromiso personal, pues el ejemplo permanente del maestro en su vida profesional está en última instancia unida a su vida personal.
Este texto se publicó en la Revista Antesala:
Angeles, Jorge (2020). “Firmeza y Flexibilidad en el ejercicio docente”. Revista Antesala. Año VIII, noviembre 2020. Lima: Proforhum. p. 10 – 11.
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