- ¿Quieres decirme, por favor, qué camino debo tomar para salir de
aquí? - preguntó Alicia.- Eso depende mucho de a dónde quieres ir - respondió el Gato.- Poco me preocupa dónde ir - respondió Alicia.- Entonces, poco importa el camino que tomes - replicó el Gato.
Alicia en el país de las maravillas
(Lewis Carroll).
A lo largo de los años hemos
escuchado a varios expertos defender la necesidad de cambiar la educación. Esto
no es nuevo. Desde Rousseau existe una urgencia de poner en práctica una nueva
pedagogía, que perdura hasta hoy. ¿De qué hablamos, entonces, cuando desde
todas las partes se exige cambiar la educación? Este momento histórico podría
ser una gran oportunidad para reflexionar sobre el cambio educativo a nivel
teleológico, epistemológico y pedagógico.
La finalidad de la escuela
La escuela es realmente el mejor complemento que
tiene la familia para educar a sus hijos. Los padres conocedores de esta verdad
confían en el proyecto, que ponen en práctica los colegios. La confianza en cada actividad escolar es más
segura si se comprende que toda práctica educativa responde siempre a un fin.
Pero ¿cuál es la finalidad de la educación? Conocer el fin del acto educativo
ha conducido a varios hombres a inquietantes y peligrosas respuestas. Sin
embargo, la tradición clásica ilumina mejor nuestra búsqueda y podríamos
concluir que educar es, finalmente, ayudar a crecer como sostiene Leonardo Polo
(2006) en su libro “Ayudar a crecer.
Cuestiones filosóficas de la educación”.
De otro lado, Inger Envkist (2011) en su libro “La
buena y la mala educación” ha estudiado los sistemas educativos
internacionales, y, concluye que la diferencia entre la buena y la mala
educación se encuentra en la unidad de cuatro factores: alumnos, profesores,
familia y Estado. Entonces, si todos los factores educativos tienen claro el
fin último, los colegios desde sus propias singularidades comparten algo en
común, y, desde esa perspectiva, se entiende mejor lo sustancial y accidental
de un colegio. Por esta razón, cambiar la esencia de una escuela es alterar
sustancialmente su finalidad; mientras que, hablar de las particularidades de
una escuela es referirnos a su propia cultura escolar.
Cada colegio a lo largo de su historia institucional
vive con gran orgullo su propio carisma, pero esta cultura escolar no debería
alterar el sentido último de la educación: el crecimiento integral de la
persona. Bajo esta premisa, los proyectos educativos institucionales que
olviden, reduzcan o cambien la finalidad de la escuela estarán sentenciados al
fracaso; por tanto, el aceptar toda innovación como una mejora automática es
ingenuamente peligroso. En resumen, hoy hablar de un cambio educativo, desde un
carácter teleológico no es posible porque nos conduciría a un severo
relativismo pedagógico.
El crecimiento integral
La escuela
en su conjunto educa. Los valores propuestos en su cultura escolar son vividos
por todos los miembros de la comunidad educativa a diario. No podemos reducir
la escuela solo a una clase en el aula, pero tampoco podemos minimizar lo que
ocurre dentro de un aula. Por ello, el reemplazar las actividades que
desarrollen la dimensión cognitiva del ser humano no es ayudarlo a crecer. “No
todas las experiencias son experiencias educativas”, dice Gregorio Luri (2020),
cuando critica el infantilismo pedagógico, en su libro “La escuela no es un parque de atracciones. Una defensa del
conocimiento poderoso”.
El
crecimiento integral del alumno supone, también, un crecimiento intelectual. Y,
para lograrlo, el aula es el lugar indicado para la comprensión paulatina de
conceptos claves, que le permitan al alumno la posesión de saberes universales.
De este modo, la búsqueda de lo verdadero, bueno y bello, también, está
presente en los alumnos porque es condición humana hallarlas en las cosas
existentes. La escuela no puede dejar de ofrecerles, a través de un currículo
sólido y diversificado, un conjunto de conocimientos heredados a lo largo de la
humanidad, con los que logren afrontar el mundo y trascenderlo. Para ayudar a
crecer integralmente la escuela debe tener la seguridad de que la transmisión
de conocimiento cultural que existe en cada área académica es importantísima
porque genera verdaderamente un juicio crítico de la realidad. Por eso, el
sentido epistemológico de una escuela no puede cambiar porque la realidad no es
una construcción elaborada por quien la observa, sino que la realidad es el
fundamento de los universales e independiente del sujeto que conoce.
En
ocasiones, las exigencias del cambio educativo opacan la verdadera
participación del alumno en la educación. No son pocos los que creen que el
profesor es alfarero o escultor del alma del alumno. Pero ¿realmente el alumno
es un agente pasivo en la educación? Mariano Bártoli (2015) mediante su
publicación “La acción de tomar la
ciencia en Tomás de Aquino: una alternativa al constructivismo”, advierte
que el alumno es el agente activo de su propio aprendizaje porque “el arte del
maestro, igual que en el caso del médico, no puede excluir la actividad propia
del que aprende (…), si [el alumno] no realiza los actos que le llevan a
adquirir la ciencia, no la adquiere. Sin duda, que el alumno cuenta, por
supuesto, con la ayuda causal de su maestro, pero él es el agente principalísimo”.
La causa eficiente de su aprendizaje es el mismo alumno y esto no puede
cambiar. La voluntad e inteligencia son facultades humanas que los alumnos
deben seguir utilizando en su propio aprendizaje. De ahí que, el esfuerzo y la
atención del alumno deban mantenerse en el aula de clase para que realmente sea
el protagonista de su propio crecimiento integral.
Rol
protagónico del docente
Se dice
mucho que el profesor debe cambiar, pero para hablar de una verdadera
transformación del ejercicio docente es preciso recordar aquello que conforma
la singularidad de cada maestro que conocemos. Desde mi experiencia, he
observado que existen características permanentes que no pueden modificarse con
el tiempo y características circunstanciales que, si se desean cambiar,
pertenecen solo a la libertad individual de cada profesor. La realidad nos
ofrece tres elementos inmutables al rol del maestro: el dominio del tema, la
capacidad didáctica y el carisma del líder. Conocer, comunicar y liderar
fueron, son y seguirán siendo aquello que distingue a los grandes maestros. Al
ejercer estas tres características inherentes, indisolubles e intrínsecas, el
docente innovador imprime su sello personal libremente y convierte la enseñanza
en una propiedad intelectual. Desde esta perspectiva, la docencia no cambiará
su actividad esencial porque allí radica su autoridad profesional.
Por esa razón, si pedagógicamente la presencia del
cambio solo ocurre a nivel accidental y no sustancial, entendemos con claridad
lo que significa la tecnología para cada profesor, en estos tiempos, donde las
clases virtuales son un medio más dentro de su amplia capacidad didáctica
porque “la tecnología no es el fin, es un instrumento para aprender”, como lo
expresara Rocío Chirinos Montalbetti (2020) en su publicación “La
transformación digital de la escuela”.
El mundo educativo vive en una
vorágine de incertidumbres debido a la pandemia del coronavirus, lo que nos
hace pensar, que hemos caído en el país de las maravillas, y, como decía
Alicia, no sabemos qué camino seguir. Algunas personas pertenecientes al paradigma
del cambio educativo se sienten encantadas por esta nueva realidad virtual, y,
proponen nuevamente cambios radicales para salir de allí con resultados
ilusorios. Esta situación, por el contrario, nos debe invitar a aprender de los
profesores, quienes desde sus hogares están con una faena de entrega,
compromiso y responsabilidad para que la educación siga en desarrollo. En este
proceso, al igual que Hannan Arendt (1959) en su publicación “La crisis de la educación”, el profesorado busca soluciones reales
para superar la crisis de la educación en el mundo contemporáneo, y, los
éxitos no recaen, simplemente, en haber pasado a una realidad virtual, de un
modo muy rápido, sino que los méritos radican en que los docentes tienen muy
claro el concepto del cambio en el ámbito educativo.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
- Arendt, H. (1959). “La crisis de la
educación”. Traducción de Manuel Romero. Londres: Penguin Books.
- Bártoli, M.
(2015) “La acción de tomar la ciencia en Tomás de
Aquino: una alternativa al constructivismo”. INTUS-LEGERE FILOSOFÍA. / Vol.
9, N° 2, pp. 61-79.
- Chirinos, R.
(2020). “La transformación digital de la escuela”. Lima: Revista
Antesala. En línea:
https://www.revistaantesala.com/la-transformacion-digital-de-la-esc
- Enkvist, I.
(2011). “La buena y la mala educación”.
Madrid: Ediciones Encuentro.
- Luri, G. (2020). “La escuela no es un parque de atracciones. Una defensa del
conocimiento poderoso”. Barcelona: Editorial Ariel.
- Polo, L. (2006). “Ayudar a crecer. Cuestiones filosóficas de la educación”. Navarra:
Eunsa.
Este texto se publicó en la Revista Antesala:
Angeles, Jorge (2020). “La vorágine del cambio
educativo”. Revista Antesala. Año VIII, julio 2020. Lima: Proforhum. p. 6 – 7.
A lo largo de los años hemos escuchado a varios expertos defender la necesidad de cambiar la educación. Esto no es nuevo. Desde Rousseau existe una urgencia de poner en práctica una nueva pedagogía, que perdura hasta hoy. ¿De qué hablamos, entonces, cuando desde todas las partes se exige cambiar la educación? Este momento histórico podría ser una gran oportunidad para reflexionar sobre el cambio educativo a nivel teleológico, epistemológico y pedagógico.
La finalidad de la escuela
De otro lado, Inger Envkist (2011) en su libro “La
buena y la mala educación” ha estudiado los sistemas educativos
internacionales, y, concluye que la diferencia entre la buena y la mala
educación se encuentra en la unidad de cuatro factores: alumnos, profesores,
familia y Estado. Entonces, si todos los factores educativos tienen claro el
fin último, los colegios desde sus propias singularidades comparten algo en
común, y, desde esa perspectiva, se entiende mejor lo sustancial y accidental
de un colegio. Por esta razón, cambiar la esencia de una escuela es alterar
sustancialmente su finalidad; mientras que, hablar de las particularidades de
una escuela es referirnos a su propia cultura escolar.
El crecimiento integral
La escuela
en su conjunto educa. Los valores propuestos en su cultura escolar son vividos
por todos los miembros de la comunidad educativa a diario. No podemos reducir
la escuela solo a una clase en el aula, pero tampoco podemos minimizar lo que
ocurre dentro de un aula. Por ello, el reemplazar las actividades que
desarrollen la dimensión cognitiva del ser humano no es ayudarlo a crecer. “No
todas las experiencias son experiencias educativas”, dice Gregorio Luri (2020),
cuando critica el infantilismo pedagógico, en su libro “La escuela no es un parque de atracciones. Una defensa del
conocimiento poderoso”.
Rol
protagónico del docente
Se dice
mucho que el profesor debe cambiar, pero para hablar de una verdadera
transformación del ejercicio docente es preciso recordar aquello que conforma
la singularidad de cada maestro que conocemos. Desde mi experiencia, he
observado que existen características permanentes que no pueden modificarse con
el tiempo y características circunstanciales que, si se desean cambiar,
pertenecen solo a la libertad individual de cada profesor. La realidad nos
ofrece tres elementos inmutables al rol del maestro: el dominio del tema, la
capacidad didáctica y el carisma del líder. Conocer, comunicar y liderar
fueron, son y seguirán siendo aquello que distingue a los grandes maestros. Al
ejercer estas tres características inherentes, indisolubles e intrínsecas, el
docente innovador imprime su sello personal libremente y convierte la enseñanza
en una propiedad intelectual. Desde esta perspectiva, la docencia no cambiará
su actividad esencial porque allí radica su autoridad profesional.
El mundo educativo vive en una
vorágine de incertidumbres debido a la pandemia del coronavirus, lo que nos
hace pensar, que hemos caído en el país de las maravillas, y, como decía
Alicia, no sabemos qué camino seguir. Algunas personas pertenecientes al paradigma
del cambio educativo se sienten encantadas por esta nueva realidad virtual, y,
proponen nuevamente cambios radicales para salir de allí con resultados
ilusorios. Esta situación, por el contrario, nos debe invitar a aprender de los
profesores, quienes desde sus hogares están con una faena de entrega,
compromiso y responsabilidad para que la educación siga en desarrollo. En este
proceso, al igual que Hannan Arendt (1959) en su publicación “La crisis de la educación”, el profesorado busca soluciones reales
para superar la crisis de la educación en el mundo contemporáneo, y, los
éxitos no recaen, simplemente, en haber pasado a una realidad virtual, de un
modo muy rápido, sino que los méritos radican en que los docentes tienen muy
claro el concepto del cambio en el ámbito educativo.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
- Arendt, H. (1959). “La crisis de la
educación”. Traducción de Manuel Romero. Londres: Penguin Books.
- Bártoli, M.
(2015) “La acción de tomar la ciencia en Tomás de
Aquino: una alternativa al constructivismo”. INTUS-LEGERE FILOSOFÍA. / Vol.
9, N° 2, pp. 61-79.
- Chirinos, R.
(2020). “La transformación digital de la escuela”. Lima: Revista
Antesala. En línea:
https://www.revistaantesala.com/la-transformacion-digital-de-la-esc
- Enkvist, I.
(2011). “La buena y la mala educación”.
Madrid: Ediciones Encuentro.
- Luri, G. (2020). “La escuela no es un parque de atracciones. Una defensa del
conocimiento poderoso”. Barcelona: Editorial Ariel.
- Polo, L. (2006). “Ayudar a crecer. Cuestiones filosóficas de la educación”. Navarra:
Eunsa.
Este texto se publicó en la Revista Antesala:
Angeles, Jorge (2020). “La vorágine del cambio educativo”. Revista Antesala. Año VIII, julio 2020. Lima: Proforhum. p. 6 – 7.


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